jueves, 13 de julio de 2017

23 años

Que no se olvide: hoy 13 de julio se cumple el 23 aniversario del hundimiento del remolcador "13 de Marzo" en el que el gobierno cubano se vio obligado a asesinar 37 personas entre ellas 10 niños.

Vuevo en un rato

Salgo de vacaciones tres semanas y junto conmigo este blog..A menos que algo más o menos importante requiera ser comentado no me esperen mucho por acá. Saludos. 

martes, 11 de julio de 2017

Hablando de este blog

A propósito de mi blog y su décimo aniversario el programa 1800 Online de Radio Martí me entrevista. A Juan Juan Almeida García y a Lizandra Díaz Blanco les agradezco sus atentas e inteligentes preguntas.



lunes, 10 de julio de 2017

Raza y caricatura

Hypermedia publica un artículo mío sobre el debate que surgió en torno a una caricatura de Lauzán publicada en Diario de Cuba. La idea original era que lo publicara la revista Identidades, dedicada a la cultura afrocubana y cuestiones raciales pero ante la muerte del director de la revista, el intelectual Juan Antonio Alvarado decidí publicarlo antes de que quedara olvidado el contexto del debate. También lo reproduzco a continuación:

Raza y caricatura

A Juan Antonio Alvarado (1953- 2017)

                                                                                  La angustia humana que exalto
no es decorativa joya
para turistas.
                                                                                  ¡Yo no canto un dolor de exportación!
                                                                                  Jorge Artel

El detonante fue una caricatura. Una caricatura que era la respuesta de Alen Lauzán, artista cubano radicado en Chile, a la decisión del gobierno de la isla de negarle la entrada ―entre otros― a la hija de un expresidente chileno invitada por la disidente Rosa María Payá. En la caricatura de Lauzán dos turistas chilenas ―mayores y apreciablemente feas― caminan por La Habana. Una de ellas comenta “Cachá weona, le negaron la entrada a la Mariana Aylwin!”. La otra le responde. “¿Pero cómo tan patuda y venirse a meter en política?”. El detalle está en que las turistas no caminan solas. Marchan del brazo de sendos cubanos negros, altos y jóvenes con camisetas que dicen “Yo soy Fidel” en un caso y “Ché” en el otro. Tampoco está de más añadir que las turistas agarran a su pareja respectiva del pene que se marca bajo sus pantalones cortos. Se trataba, sin demasiados rodeos, de ironizar sobre la falsedad de cierto apoliticismo (chileno, latinoamericano, mundial) respecto a Cuba y la realidad (profundamente política y fetichista) del turismo sexual.
Recuerdo que mi primera impresión fue de contrariedad. Que los dos jineteros fuesen negros y que estuviesen representados con narices aplastadas y labios excesivamente gruesos me resultaba incómodo. Incluso asumiendo que la intención de la caricatura no era racista, su apariencia ―y aquí entra una larga domesticación de mis propias nociones de representación racial en los moldes de la corrección política norteamericana― resultaba perturbadora. Que los dos jineteros ―a esas alturas no podía caber duda de que se trataban de ejemplares típicos del turismo sexual de la isla― fuesen negros podía inducir a una equivalencia negro=jineterismo=hipocresía política (hace mucho que nuestros jineteros aprendieron que el atractivo turístico de la isla pasa por la política convertida en camiseta-fetiche). Y esa sería la definición básica del racismo. O sea, igualar la parte al todo. O, de acuerdo a la definición de un filósofo francés, “la doctrina que hace depender el valor de los individuos del grupo biológico, o pretendidamente tal, al que pertenecen”. El cuerpo entendido como signo: “la blancura o la negrura del cuerpo revelarían las del alma”.
Conozco lo suficiente la extensa y brillante obra gráfica de Lauzán, la sutileza y precisión de su estilo, para suponer que sus intenciones no eran ridiculizar una raza, identificarla con un comportamiento que mezcla astucia comercial, oportunismo político y prostitución a secas. El hecho de que ambos jineteros fueran negros se debía ―presumí― a una cuestión técnica: la de dejar claro que los que acompañaban a las turistas del dibujo eran nativos de la isla y no turistas chilenos como ellas mismas. Enfatizar la dialéctica extranjero-nativo del turismo, en la que el fetichismo político-sexual de las visitantes era el centro de la caricatura. El tema racial era, desde la perspectiva del mensaje que comunicaba el dibujo, lateral aunque no irrelevante. La representación de los personajes negros era grotesca, sí, pero no menos que las de las turistas. O la de casi cualquier otra figura que pasa por la plumilla de Lauzán. Pero al mismo tiempo yo entendía que tal representación pudiera resultarle ofensiva a alguien con más sensibilidad racial que la mía (y con menos nociones de las disyuntivas que enfrenta la representación caricaturesca).
El escándalo fue inmediato. Sandra Abd'Allah-Alvarez Ramírez, autora del blog Negra cubana tenía que ser, declaró en su blog que la caricatura “muestra un condensado de estereotipos racistas. No les bastó con poner a un hombre negro en la posición de jinetero y que porta símbolos de la revolución cubana, sino que pusieron DOS. Se pueden realizar varias lecturas de la imagen pero el RACISMO en ella es tan obvio, que espanta”. Que la caricatura apareciera en una de las principales publicaciones diarias del exilio cubano, Diario de Cuba, subrayaba, de acuerdo con varios de sus críticos, su alcance político. Si la caricatura era racista, luego la publicación y hasta el exilio mismo compartían dicho pecado. Ante las acusaciones, la publicación llamó a entablar un debate al que los convidados no respondieron. O respondieron como el cantante Juan Gabriel cuando se le preguntó sobre sus preferencias sexuales: “lo que se ve no se pregunta”. El pretendido debate no pasó de un diálogo de mudos: ni el caricaturista ni la redacción ofrecieron unas disculpas claras por lo que pudiera resultar ofensivo incluso sin pretenderlo ni los ofendidos pasaron de darse por tales.
Diálogo de sordos fue el que se entabló en las redes sociales: muchos gritos y pocas razones. La ansiedad por acusar al otro de algo que rimara con “ista” (“racista”, “castrista”) impidió que el escándalo inicial se tradujese en debate real. Porque no bastaba con afirmar que esa caricatura habría sido retirada de inmediato en Alemania o Estados Unidos. O que allí el debate sobre lo impropias y ofensivas que son ciertas representaciones étnicas o raciales hace mucho quedó atrás (o al menos es lo que se pretende). En el caso de la caricatura de Lauzán, tratándose de un público unido en su mayoría por el origen nacional, pero separado por casi todo lo demás, sí quedaba espacio para el debate. No se trataba de debatir por qué la representación de los negros en dicha caricatura puede resultar ofensiva para los que se identifiquen a sí mismos como negros o afrodescendientes. Lo que debió debatirse es por qué no les resulta ofensiva a todos los demás. Incluso aunque entre las intenciones del caricaturista no estuviera ofender a una parte considerable de la población cubana. Y allí, en el aborto de una discusión más que necesaria se nos escapó una buena oportunidad de intentar entendernos, de reiniciar una conversación diferida innumerables veces, tanto en la isla como en nuestra distendida diáspora. De intentar, en medio de esa dispersión, actualizarnos unos a otros en un tema tan fundamental como urgente. De situarnos en la misma página.
Tal página, si nos atenemos a la nacionalidad e historia compartida, debe ser justo la de las relaciones raciales en la isla, la misma que genera e incentiva este debate. Y si nos atenemos a la página cubana, no podemos menos que reconocer ciertas circunstancias. Como por ejemplo que, a diferencia de en los Estados Unidos o Alemania, la población negra y mestiza tuvo un papel mucho más activo y protagónico en la formación de la Nación. Que a diferencia de aquellos países, los afrodescendientes no son minoría sino amplia mayoría por mucho que les cueste reconocer su identidad racial. (Esa sería quizás la muestra más visible y escandalosa del racismo cubano: que a pesar de que una distinguible mayoría del país es negra o mestiza, en el censo del 2012 el 64,1%  de la población se asumía como blanca y sólo un 9,3 como negra y el restante 26,6% como “mulata”). También deberá tenerse en cuenta que, a diferencia de Occidente, cualquier reclamo de igualdad racial en Cuba debe pasar por la comprensión de que todos los cubanos están privados de derechos humanos y civiles fundamentales como los que garantizan la libertad de expresión y de asociación. O sea, que poco consigue cualquier grupo social en Cuba con igualarse con la supuesta mayoría si tal igualdad se verifica en un marco político y jurídico basado en la negación de derechos humanos fundamentales. Situarnos en la misma página significa reconocer que, a décadas de la supuesta abolición del racismo en el territorio nacional, lo que realmente se abolió fue todo debate público sobre el tema. Significa reconocer cuánto se ha estancado e incluso retrocedido la lucha contra la exclusión racial en Cuba comparada con el resto de Occidente y sobre todo, cómo el cancelar dicho debate público ha afectado la conciencia de dicha exclusión.
Al racismo y la discriminación intencional que recorre la historia cubana hasta el presente hay que añadirle el inconsciente y sin embargo sistemático desprecio que se sedimenta en tantas de nuestras rutinas sociales: en “chistes” de los que debemos reírnos al reconocer ciertos rasgos que supuestamente identifican a una raza; en la supuesta sabiduría de ciertos proverbios; en el desdén soterrado de ciertas muestras de familiaridad; en la falsa comodidad de los estereotipos; en la condescendencia y paternalismo con que suponemos a los negros ciertos defectos esenciales y ciertas virtudes elementales y menores; en muchas de nuestras más arraigadas y admiradas tradiciones; en productos culturales que admiramos casi unánimemente (como la película Vampiros en La Habana con su famoso personaje negro, el “Tigre”, con rasgos tan exagerados y estereotípicos como los de la mentada caricatura de Lauzán y que el blog Negra cubana tenía que ser recomienda como una de las “Ocho comedias cubanas que no puedes dejar de ver”). 
Fotograma del film ‘Vampiros en La Habana’, de Juan Padrón (1985)
También habrá que reconocer que el oportunismo de quienes acusan al exilio de racista y miran para otro lado cuando el gobierno cubano maltrata o asesina a disidentes negros no les quita necesariamente la razón en lo primero. Poco se hace por la democracia y los derechos humanos en general si no empezamos por respetar los derechos de individuos o grupos concretos. Contra esa variante tan perversa y persistente del desprecio que es el racismo cubano no nos inmuniza nada: ni admirar a personalidades negras, ni disfrutar de productos cubanos de origen africano, ni tener amigos o amantes negros. Ni siquiera estar casado con una persona negra, o tener hijos con esta (“Yo, que estoy adentro, te puedo decir que…”). Ni siquiera ser negro.
Semanas después del malogrado debate sobre la caricatura de Lauzán, según el reporte de El Nuevo Herald un grupo de “activistas, escritores, intelectuales, académicos y emprendedores cubanos, en su mayoría afrodescendientes, convergieron en una reunión que calificaron como ‘histórica’ en la Universidad de Harvard para celebrar los logros del movimiento afrocubano y trazar una agenda para el trabajo futuro”. Allí, entre otras cosas, volvió a hacerse mención de la caricatura de Lauzán. Según Sandra Abd'Allah-Alvarez la principal conclusión que se podía sacar de dicho incidente era que “nosotros, negros cubanos, no tenemos que esperar nada del exilio cubano racista, nos quieren callados”.
Por otra parte a varios medios les llamó la atención la ausencia en dicho evento de “organizaciones disidentes que trabajan el tema racial”. Alejandro de la Fuente director del Afro-Latin American Research Institute en el Hutchins Center, institución que organizó el evento, explicó que la no inclusión de organizaciones como el Comité Ciudadanos por la Integración Racial “fue una decisión consensuada y que se basó en el hecho de que estos grupos no consideran la lucha contra la discriminación racial como su principal objetivo”. De acuerdo con declaraciones suyas a El Nuevo Herald, a los asistentes al evento los unían no solo sus reivindicaciones sociales sino haber “seguido como estrategia mantener una interlocución con el Estado” al considerar que las soluciones a temas como la discriminación racial y la racialización de la desigualdad “pasa por la formulación de políticas públicas”.
Cabe la tentación de asociar la crítica a la mencionada caricatura a un estilo de enfrentar el racismo, una tentación tan fácil como la de convertir al autor de la caricatura en racista de tomo y lomo y con ello a todo el exilio (sin tomar en cuenta que muchos de los críticos son a su vez parte activa de ese mismo exilio). De acuerdo a esta comodidad maniquea todos los que se ofendieron con la caricatura serían entonces partidarios de excluir a los disidentes de sus debates o de “mantener una interlocución con el Estado” cautelosa, obediente de sus reglas de juego. Y estas son, tentaciones al fin, atractivas pero peligrosas. Peligrosas por ofrecer falsas disyuntivas pero sobre todo porque favorecen el inmovilismo tanto en lo que respecta al secuestro de los derechos de los cubanos en general como de la marginación de los afrodescendientes.
Pretender que se puede avanzar en la reconquista de los derechos humanos y civiles relativizando los reclamos de la población afrocubana es tan falaz como aspirar a avanzar en la lucha contra la marginación de esta población renunciando de antemano a la reivindicación de derechos políticos esenciales. Ni los afrocubanos deben ver disminuidas o diferidas sus reivindicaciones por las urgencias de otros objetivos más generales ni pueden pretender alcanzar la dignidad plena que reclaman sin alterar la constitución política y legal del régimen cubano. En el propio evento de Harvard se reconocía una y otra vez cómo la imposibilidad de todos los ciudadanos cubanos de ejercer con libertad su derecho a expresarse y a organizarse afectaba tanto o más a la población afrocubana. Como decía Soandres de Río, integrante del dúo Hermanos de Causa “Cuando tengan un proyecto que pase de un número de personas, van a ir por ustedes, si no eres hijo de [un dirigente] y si tu proyecto no responde a [los intereses de las autoridades]”. De ello podía dar fe Norberto Mesa Carbonell, detenido por intentar celebrar el Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial. “Estuve preso, hace ocho días estuve en un calabozo”. “La Cofradía de la Negritud durante nueve años estuvo haciendo una actividad ese día [21 de marzo] y este año había un programa hecho público… Y sin embargo esa actividad se mandó a prohibir desde la oficina del segundo secretario del Partido Comunista”.
La reconquista de los derechos humanos y civiles de todos los cubanos y la lucha contra la discriminación y la marginación de la población negra en la isla no solo no son incompatibles sino que pierden su sentido más profundo si una de ellas renuncia a la otra. La Historia cubana pasada y reciente exhibe modelos de lo que puede suceder cuando el discurso político general se desentiende de las reivindicaciones de grupos “particulares” o viceversa. Así el proceso independentista cubano que contaba en sus filas con una mayoría negra disolvería los reclamos de esta en el discurso independentista para que 14 años después de finalizada la guerra de independencia el ejército republicano terminara masacrando a aquellos negros que intentaron organizarse en el Partido de los Independientes de Color. Mucho más cerca en el tiempo tenemos el caso del CENESEX dirigido por la hija del jefe del gobierno. Mariela Castro se presenta en foros internacionales como defensora de los derechos de la comunidad LGTB aunque no pasa de ser una relacionista pública del régimen que preside su padre: lo representa y defiende a cambio de atenuar la represión contra la comunidad que dice defender. Más o menos en el mismo estilo con que cualquier mafia ofrece “protección” a sus clientes. (He ahí uno de los grandes logros alquímicos del castrismo tardío: hacer que una de sus herederas pase por máxima representante de uno de los grupos más perseguidos por el castrismo original).

Poco se avanzará en la reconquista de nuestros derechos humanos si no se asume como prioridad enfrentar los mecanismos políticos, institucionales, económicos, sociales y culturales concretos que limitan o denigran a quienes hoy constituyen la mayoría del país. O si no se revisa nuestra propia idea de identidad nacional y todos los tópicos que la componen. Pero tampoco avanzará mucho la población negra de la isla en tomar control de su discurso identitario y alcanzar una mayor plenitud humana si de entrada acepta el denigrante y caricaturesco relato que afirma que “los negros son personas gracias a la Revolución”; si aspira a entenderse con el Estado sin que éste reconozca sus derechos como seres humanos. Ni humanismo metafísico ni antirracismo dócil. A menos que, como tantas veces, se prefiera el rejuego de las apariencias a la transformación de lo real.   

domingo, 9 de julio de 2017

Y veinte, que no es nada...

Hace veinte años, el 9 de julio de 1997 era yo el que llegaba a Nueva York procedente de Madrid a empezar una nueva vida por tercera vez:
"Al llegar a Nueva York debemos hacer la cola larga y silenciosa de los inmigrantes permanentes, refugiados de todo el mundo, de los que antes desembarcaban por Ellis Island y saludaban a la Estatua de la Libertad: iraníes, judíos, yugoslavos y una familia rusa cuya matrona lleva, en lugar de la pierna, una prótesis que es en realidad un trozo de árbol con corteza y todo, a la que alguien tuvo la delicadeza de afinarle la punta con un hacha. Mientras esperamos que en nuestro pasaporte pongan el sello de residentes temporales, veo a un agente de aduanas negro revisando el tambor africano que trae un pasajero. De pronto, como si se olvidara de su condición de funcionario, improvisa una pequeña rumba en el tambor. Sigo buscando señales en un país lo suficientemente desenfadado como para que un agente de aduanas se tome su trabajo de esa manera. Cuando por fin salimos nos esperan nuestros patrocinadores, unos viejitos que hasta el día de hoy se han comportado como achacosos y discretos ángeles de la guarda. Salimos al aire libre y me golpea el olor a asfalto a punto de hervir que me recuerda a Cuba. Como me la recuerda la maleza hirsuta y requemada a los costados de la carretera. Todo eso me provee de la cuota mínima de familiaridad para empezar a agarrarle confianza a un lugar que deberé tratar de hacer mío"

sábado, 8 de julio de 2017

Quince años


Mi madre es ahora quinceañera. Quince años fuera de Cuba, de vita nuova. Y los anda celebrando como sus quince originales. Hace años llegó al aerpuerto JFK, bajando la voz cuando a la conversación asomaba el nombre del innombrable. “Que ya no estamos en Cuba, vieja” tuve que decirle. Y tan demacrada que con aquellas inmensas con que la gente salía de Cuba en lugar de ir a casa decidí llevarla directamente a un buffet, all you can it, para que se vengara al instante de toda el hambre reciente. Y en efecto, la cara cara le cambió luego de comer como no la había visto nunca. (Curioso que no diga que se fue de Cuba por motivos económicos). Disfruta estos quince vieja. 

viernes, 30 de junio de 2017

Reinaldo Arenas: vida, pasión y muerte en dos apartamentos

Foto tomada por Nicolás Abreu en su casa en una cena de Navidad. Juanto a Arenas el escritor Luis de la Paz
Por Enrique Del Risco*
Otra tregua fecunda
Cuando Reinaldo Arenas interrumpió los devastadores estragos del sarcoma kaposi atracándose con medicamentos y whiskey el 7 de diciembre de 1990 en su apartamento en el centro de Manhattan no hacía más que dar fin a una escena interrumpida tres años antes. “Yo pensaba morir en el invierno de 1987” son las primeras palabras del prólogo de su autobiografía. Hablaba del invierno en que una crisis de su enfermedad lo obligó a ingresar en un hospital de Nueva York. Al ser dado de alta regresó al apartamento con pocas intenciones de seguir viviendo. Pero de pronto tropieza con una revelación en forma de un matarratas:
Ya en casa, comencé a sacudir el polvo. De pronto sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que yo me lo tomara. Allí mismo decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser aplazado por el momento. No podía darle el gusto al que me había dejado en el cuarto aquel sobre.
Pero se trataba de algo más que de llevarle la contraria a un enemigo anónimo. La meta antes de que la muerte llegara era concluir con los proyectos que habían obsedido su carrera literaria: concluir el ciclo de cinco novelas que llamaba pentagonía y escribir su autobiografía. Según su recuento ese mismo día “como no tenía fuerzas para sentarme en la máquina, comencé a dictar en una grabadora la historia de mi propia vida”.
Al año siguiente, luego de otra recaída y otro ingreso de vuelta a su apartamento de la vez anterior, (también el de su muerte) tiene lugar la escena con la que cierra su dramático prólogo de Antes que anochezca.
“Cuando yo llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”
Menos de dos años bastaron para arribar a la meta que él mismo se había impuesto.
La ciudad prometida
Al salir de Cuba durante el éxodo del Mariel Arenas había vivido en Miami poco más de tres meses. Fue entonces que en agosto de 1980 recibió una invitación para asistir al Segundo Encuentro de Intelectuales Cubanos Disidentes en la universidad de Columbia. Al parecer la ciudad lo fascinó al punto de trocar una visita breve en el lugar que viviría el resto de su vida. “Y de pronto, yo que había llegado solamente por tres días a Nueva York, me vi con un pequeño apartamento en la calle 43 entre la Octava y la Novena Avenida, a tres cuadras de Times Square, en el centro más populoso del mundo”. El dramaturgo Iván Acosta escribe que cuando Arenas “llegó a Nueva York vivió 21 dias en mi apartamento del Manhattan Plaza. Luego mi mamá, que era amiga del super del edificio 333 West calle 43, le consiguió un apartamento en el 4to piso”. 
Aspecto actual del 333 W 43rd Street
En su autobiografía, ya desencantado de la ciudad, Arenas explica aquella decisión como una mezcla de enamoramiento y autoengaño. “El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y, siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado. Ese rostro pensé hallarlo en Nueva York, cuando llegué aquí en 1980; la ciudad me envolvió. Pensé que había llegado a una Habana en todo su esplendor, con grandes aceras, con fabulosos teatros, con un sistema de transporte que funcionaba a las mil maravillas, con gente de todo tipo, con la mentalidad de un pueblo que vivía en la calle, que hablaba todos los idiomas; no me sentí un extranjero al llegar a Nueva York”.
Al año siguiente de su llegada Arenas seguía insistiendo en las virtudes de la ciudad: “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra”. Y en 1983 en Mariel, la revista que había fundado junto a otros compañeros de generación, define la relación con la ciudad en términos de tolerancia: ¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?”. Seis  años más tarde esa tolerancia mutua pase de ser ―a través de la inminencia de muerte que le trae la enfermedad que ha exterminado a decenas de amigos y conocidos― de Tierra Prometida a terreno baldío y hostil: 
Entrada del 333 W 43rd Street

Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?”
Dos apartamentos  
Aspecto actual del edificio del 328 W 44th Street
Aparte de la estancia de las tres semanas iniciales en el apartamento del dramaturgo Iván Acosta, a Reinaldo Arenas se le conocen sólo dos lugares de residencia en Nueva York: aquel inicial de 333W 43rd Street, cuarto piso, donde vivió entre 1980 y 1983 y el del 328 W 44th Street situado a una cuadra de distancia del anterior “en un sexto piso sin ascensor” según describe el propio Arenas. En esos lugares debió producir la mayor parte de su obra. Desde reescribir libros que le habían sido incautados por la Seguridad del Estado como es el caso de Otra vez el mar hasta producir la mayor parte de sus novelas. A su estancia en el apartamento de la 43 corresponden la aparición de las novelas Cantando en el pozo (versión revisada de su ópera prima Celestino antes del alba), y Otra vez el mar y la colección de cuentos Termina el desfile. A su estancia en el apartamento de la calle 44 se corresponde con la escritura de las novelas El porteroEl asaltoLa loma del ángel y El color del verano además de colecciones de poemas, cuentos, artículos y su famosa autobiografía.

En esa autobiografía deja constar, entre tantas cosas, las causas de su salida del apartamento de la calle 43.  “[E]n 1983 el dueño el edificio en que vivía decidió echarnos del apartamento; quería recuperar el edificio y necesitaba tenerlo vacío, para repararlo y alquilarlo por una mensualidad mayor a la que nosotros pagábamos”. El dueño, según Arenas “se las arregló para rompernos el techo de la casa y el agua y la nieve entraban en mi cuarto” de manera que “no me quedó más remedio que cargar mis bártulos y mudarme para el nuevo tugurio”, el apartamento de la 44.
Entre el mar y la buhardilla

“El mar es nuestra selva y nuestra esperanza”. Tal fue el título de la primera conferencia pronunciada por Arenas en los Estados Unidos. El mar, esa presencia constante en su obra, lo describe allí como algo que “nos hechiza, exalta y conmina”. Se sobreentiende que a la búsqueda de la libertad. Mucho se ha hablado del significado del mar para Arenas. Menos de esos recintos cerrados que le opuso en vida y obra: el “cuarto de criados de mi tía Orfelina”, las múltiples celdas de fray Servando Teresa de Mier, el cuarto del hotel Monserrate, sus apartamentos neoyorquinos. Eran estos reductos la contraparte y punto de partida hacia esa infinitud que podía identificar con el mar o con la creación. Uno de los ejes de su vida que a su vez le servía de baluarte de resistencia frente a la corrupción de las palabras. “El escritor debe preferir la buhardilla al tráfico con las palabras” dijo en aquella misma conferencia en la Florida International University. Allí también afirmó que “en última instancia la verdadera patria del escritor es la hoja en blanco”. En los alrededores de su máquina de escribir, pudo añadir.

Todas las descripciones de su último apartamento en Nueva York coinciden en su aspecto austero, casi monástico, como refugio de alguien con tan poco de monje. Lugar de trabajo y refugio antes que de vida social. El estudioso Enrico Mario Santí cuenta en una entrevista de próxima aparición: 
Vivía en pleno Hell´s Kitchen, en una época en que Times Square no era la sucursal de Disneylandia que es hoy… Su apartamento era un walkup, en un arduo quinto o sexto piso. Si años después se hablaría de la guarida en La Habana Vieja para el Diego de Fresa y chocolate, te aseguro que mucho antes Reinaldo Arenas ya tenía la suya en el exilio de Manhattan. Nunca, que yo recuerde, coincidí allí con nadie más, salvo con Lázaro Carriles, que según me dijo Reinaldo transitaba esporádicamente. El apartamento era pequeño, no recuerdo muebles ni cuadros; solo libros que, amontonados con papeles y prensa, forzaron a Arenas a alquilar el apartamento de enfrente, que funcionaba como archivo, o almacén”. 
El escritor colombiano Jaime Manrique cuenta de su única visita al apartamento de Arenas, un par de días antes de su suicidio: “Junto a una cadena de sonido anticuada y un televisor recuerdo un cuadro primitivo del campo cubano. Una mesa, dos sillas y un sofá gastado completaban la decoración”.
Ese último Arenas que describe Manrique aparece además de destruido físicamente por la enfermedad, receloso y reclusivo: “Llamé a la puerta. Oí lo que me parecía un torpe accionar de cerraduras y cadenas, lo cual incluso en Times Square parecía excesivo”.
Santí explica coincide en el recelo y da cuenta de su causa: 
“Uno de esos días que quedamos en vernos para comer y fui a recogerlo, toqué y noté que se demoraba mucho. Por fin abrió, y al entrar me di cuenta que la puerta ahora ostentaba varias cerraduras y una de esas enormes trancas de hierro que hacen presión entre puerta y suelo. Con angustia, me contó que habían entrado en el apartamento a robar, pero que extrañamente solo se habían llevado papeles. Había tenido que dejar el almacén de enfrente. Que yo sepa, nunca se aclararon esas circunstancias. Era señal que las cosas estaban cambiando. La guarida ya no era tal”.
Agonía en la guarida

La sensación de indefensión que le provocó tal incidente reforzaría la paranoia que Manrique había notado desde sus primeros encuentros con Arenas tras su llegada a Nueva York y que vio como “una extensión de la paranoia que existe en el mundo de la emigración cubana. En la Cuba de Castro los disidentes tenían que diseñar unos elaborados sistemas de comunicación para evitar que los espiaran. Habían transplantado esas actitudes a este país, como si aquí también se sintieran bajo vigilancia constantemente”.
Pero ni la enfermedad ni esa sensación de vulnerabilidad le impidieron enfrascarse en esa vorágine rabiosa de creación que debieron ser sus últimos años en aquel apartamento. De aquella visita que le hiciera Manrique observó: “Sobre la mesa descansaban montones de manuscritos, miles y miles de hojas y Reinaldo parecía un naufragio en medio de un mar de papeles. Cuando pregunté si eran copias de un manuscrito que hubiera terminado recientemente, me contó que los tres manuscritos que había sobre la mesa eran una novela, un libro de poemas y su autobiografía, Antes que anochezca
Manrique cuenta como en aquella visita Arenas fantaseó con la posibilidad de morir junto al mar. “Me gustaría irme de aquí antes de que venga el invierno. Mi sueño es ir a Puerto Rico y encontrar un sitio en la playa para morir cerca del mar”. Dos días después de la visita de Manrique el agente literario de Arenas, Thomas Colchie, “llamó para decir que Reinaldo se había suicidado la noche anterior, que había tomado pastillas tragándoselas con sorbos de Chivas Regal”. Iván Acosta rememora que la “primer persona que lo vio muerto fue una vecina de él, colombiana, que a veces le colaba café y le hacía sopas de pollo. Ella vio la puerta entrejunta y lo vio tendido sobre el sofá en la sala”.
Vista de la calle 44 desde el edificio donde muriera Arenas

De momento el apartamento donde vivió, creó y murió Reinaldo Arenas ha sobrevivido a la furia de demoliciones y reconstrucciones que parece ser la naturaleza de la ciudad. Ya Arenas hablaba en su desengañado “Adios a Manhattan” de los “viejos y acogedores edificios del West Side” que “son demolidos rápidamente para dar paso a moles deshumanizadas e incosteables para quien no esté en las condiciones de desembolsillar cientos de miles de dólares”. Y dicho proceso en la última década no ha hecho más que intensificarse. De puro milagro el edificio todavía se yergue el 328 W 44th Street, a unos doscientos metros de la frenética Times Square, justo en la cuadra del famoso club de jazz Birdland. Es de temer que el raro milagro de su subsistencia no se prolongue mucho más tiempo. 

Nota: Agradezco la colaboración para elaborar este artículo el aporte de los mencionados Iván Acosta, Enrico Mario Santí, Jaime Manrique y de Perla Rozencvaig y Miguel Correa.
*Este texto ha sido reproducido del blog de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio.

viernes, 23 de junio de 2017

Un discurso olvidado



Fue un discurso raro. Rarísimo. Me refiero al que le dirigió José Abrantes, entonces ministro del interior, a un grupo de intelectuales cubanos cuando se cumplían treinta años de la fundación de los órganos de la seguridad del estado. El jefe de los represores escogiendo para celebrar aniversario a un grupo de sus víctimas favoritas. El zorro decide que este cumpleaños lo va a celebrar con las gallinas. Las gallinas estarían asustadas, tensas desconfiadas. Por mucho que hubiera una buena comilona antes o después del discurso y que les aseguraran que ellas no eran parte del menú.
Por eso en su discurso del 26 de marzo de 1989 el ministro tuvo que empezar explicando sus razones para invitar a representantes de un sector que su ministerio siempre había mantenido bajo sospecha haciendo de su vigilancia y control una de sus tradiciones más arraigadas. Decir que salía “al encuentro de sectores y fuerzas sociales con los que hemos compartido y seguimos compartiendo el esfuerzo por defender y perfeccionar nuestra Patria”. Buscar coincidencias de intereses y objetivos donde siempre hubo suspicacias, vigilancia, represión. El jefe del todopoderoso Ministerio juega a ser humilde diciendo que  “Una revolución […] no se defiende solo con las armas”. Si importantes son las armas también lo son “el clima espiritual y moral del país, el estado de ánimo de las personas, el nivel de información y de desarrollo cultural que logremos, todo eso que a veces resumimos en una sola palabra: conciencia”. Les cuenta a las estremecidas gallinas que ellas también son zorros, combatientes como él. ¿A qué tanta generosidad? Se preguntaría más de uno en el público.
Piensen en la época en que se pronuncia el discurso. Tiempo de cambios. Las reformas impulsadas por la perestroika y la glasnost, ese intento por democratizar el socialismo real en la URSS y demás países del bloque soviético, ha traído esperanzas de cambios a un sistema esclerotizado. Esperanzas y cambios pero al mismo tiempo descontento social e inestabilidad. Desde Cuba el régimen observa dichas reformas con extremo recelo. Y al mismo tiempo ciertos sectores de la sociedad ―sobre todo del campo de la cultura pero no exclusivamente― se sienten atraídos por la vorágine reformista que sacude al “campo socialista” y se pregunta cuándo llegará la perestroika al país. (En unos días llegará a La Habana Mijail Gorbachov el líder soviético quien es también el principal impulsor de las reformas. Una visita que alimenta ilusiones de que quizás ayude a destrabar la reticencia del régimen a adoptar cambios).
Desde tiempo atrás los artistas plásticos se han lanzado a tomar metafóricamente las calles habaneras mientras los policías responden como siempre lo han hecho: reprimiendo todo lo que se salga de sitio. Sin embargo, en esta ocasión, ante el ejemplo esteeuropeo algunos de los represores se preguntan por primera vez si está bien dejarse arrastrar por esas rutinas represivas. El discurso del Ministro parece entonces una señal que desde las más altas esferas se cuestionan las viejas maneras de enfrentar el asunto. El zorro se muestra partidario del diálogo: “Ya se advierte en este nuevo contexto el creciente protagonismo que le corresponde desempeñar en la sociedad a la intelectualidad creadora” dice. Y hasta se atreve a mencionar términos que de momento nunca han entrado en el diccionario oficial: “No podemos cerrar ―dice― los ojos frente a estos cambios que […] trasladarán cada vez más la confrontación al terreno de las ideas, de los derechos del hombre, de la democracia, la libertad y la cultura”.
Las reformas dentro del socialismo, aclara como para atenuar la impresión, no son ajenas a la Revolución Cubana sino que fue esta “la primera que planteó la necesidad de transformaciones profundas en el socialismo, y de hecho hemos tenido en Fidel un ejemplo permanente de enfoque renovador y creador”. Hasta ahí el Ministro no parece haber violentado las maneras retóricas de un régimen que se ve a sí mismo como encarnación viva del progreso y el movimiento. Un régimen que se llama a sí mismo Revolución por mucho que no se empeñe en otra cosa que en resistirse a cambiar. Pero he aquí que el Ministro cuestiona ya no el objetivo estratégico general del sistema (se supone que “la rectificación de errores y tendencias negativas” como reza la campaña del momento) sino el modus operandi de su ministerio en particular y del régimen en general: “Ya no podemos ceder a la tentación facilista de ponerle un rótulo político [“sedicioso” parece querer decir] a cualquier fenómeno que tenga lugar en la sociedad y que pueda desagradarnos e impactarnos. Muchas veces las cosas no son tan sencillas. El tratamiento tampoco puede ser en la mayoría de los casos esquemático o represivo”.
Pero no es el único exceso que comete. No solo critica la forma en que su ministerio hace su trabajo sino llama a los intelectuales y al resto de los componentes del sistema a hacer correctamente el suyo. A “pensar con nuestra propia cabeza”. Habla de la “conveniencia de volver a lo mejor y más permanente de nuestra tradición intelectual” y de “la responsabilidad de ejercer, en particular, una más auténtica y profunda libertad de pensamiento”. Quien habla, debo recordarlo, es el jefe de los que en esos mismos días se dirigen el cierre de exposiciones, la censura de libros, la repartición de premios, la marginación de los inconformes, el encarcelamiento de los insistentes. “No queremos una cultura oficialista ni domesticada ni pasiva ni formalista, ―explica el ministro― porque esa sería una cultura muerta e incapaz de aportar algo a la solución de los problemas”. El jefe de una institución que hacía suya la frase atribuida a Hermann Göring de que cada vez que oía la palabra “cultura” le echaba mano a su pistola venía a anunciar que la cultura no era el problema. Al contrario: la cultura era la solución.
De ahí que no podamos ver nunca a la cultura como un área de conflicto ni como una fuente de dificultades, sino como la gran fuerza transformadora que puede y debe ayudarnos a ganar esta batalla por la justicia a nivel continental y mundial, y por el mejoramiento humano, a nivel nacional.
El zorro no solo exaltaba a las productoras de huevos sino que anunciaba una nueva era en la que la “creación libre” ya no solo sería bien vista sino que sería obligatoria ("no hay alternativa a la creación libre", dice). Y que en su empeño creativo las gallinas ponedoras gozarían de un clima estimulante y comprensivo: “lo que quiero decirles ―insiste el ministro por si no lo habían entendido bien― es que los intelectuales cubanos podrán contar en este esfuerzo con la confianza, la comprensión y el respaldo sinceros del Ministerio del Interior”.
¿Habían escuchado bien? Algo así como “borrón y cuenta nueva”. Aunque no se trataba de anular las relaciones anteriores sino de enriquecerlas. El Ministro insiste: 

Escalofrío aparte por esa alusión a los intelectuales con “relaciones de muchos años con el Ministerio” el discurso podía servir lo mismo para alimentar el cinismo que la esperanza. ¿El jefe de los represores invitando a expresarse con auténtica y profunda libertad de pensamiento”? ¿Se trataba de una trampa o se había contagiado con la ola de cambios que sacudía a Europa del Este? ¿Había sido enviado por el capo di tutti i capi o hablaba a nombre propio? Las respuestas a esas preguntas llegarían  en forma de palabras pero también con el peso lapidario de los hechos concretos. Palabras como las pronunciadas por el jefe del ministro a la llegada del adalid de la perestroika, Mijail Gorbachov. Palabras que sirvieron no solo para hundir de manera definitiva cualquier esperanza de reforma sino para borrar la impresión de que el discurso del Ministro tenía el visto bueno del Comandante en Jefe: “¿Y cómo se puede suponer que las medidas aplicables en la URSS sean exactamente las medidas aplicables en Cuba o viceversa?” dijo Fidel Castro en presencia del líder soviético el 4 de abril, apenas nueve días después del discurso de su Ministro del interior. Como si acabara de descubrir que el país del visitante y el suyo no eran casi idénticos. Pero no se trataba de mero desajuste oratorio, de divergencia de opiniones. Tres meses después de su discurso, el 28 de junio, Abrantes era cesado como titular del ministerio en vísperas de la llamada Causa Número 1. Un juicio en el que se condenarían a varios oficiales del MININT y del MINFAR a penas que incluían la de fusilamiento para el general Arnaldo Ochoa y para el Coronel Antonio de la Guardia.
La caída de José Abrantes no terminaría con su destitución. El Ministro que en marzo se había manifestado a favor del diálogo y el entendimiento sería condenado en agosto a veinte años de prisión en la llamada Causa Número 2. De la larga condena no llegaría a cumplir siquiera dos años. El 21 de enero de 1991 el ex Ministro moría de un infarto en la misma prisión especial de Guanajay cuya construcción había supervisado personalmente tiempo atrás. Me refreno de añadir la coletilla insidiosa de “murió en extrañas circunstancias”. Extraño hubiera sido que saliera vivo de allí.

Y para ser insidioso en estos casos no hay que especular demasiado. Basta con tener buena memoria.

miércoles, 14 de junio de 2017

Tú también Shakespeare?


El trumpismo y el antitrumpismo profesionales compiten en histeria y ferocidad para terminar imitándose. Ayer saltaba la noticia de que el conocido festival neoyorquino Shakespeare in the Park incluía este año una versión de "Julio Cesar" en que al emperador romano lo convierten en alter ego de Donald Trump. Solo la histería descontrolada del antitrumpismo pro (o el frío cálculo para causar escándalo) puede confundir al fantoche de Trump con el finísimo estadista que fue Julio César. Solo el deseo de ver apuñalado en escena al balbuceante Trump puede hacerlo digno de diálogos escritos por Shakespeare. Patadas en la mesa de uno y otro bando que ponen en peligro, a sabiendas o no, el delicado equilibrio que es toda democracia.  

martes, 13 de junio de 2017

Lo que hay que ver

MPPD o lo que hay que ver. Un documental de HBO dedicado "the efforts of Mariela Castro, daughter of President Raúl Castro, as she champions LGBT social reforms and acceptance of diversity". El próximo documental será sobre los esfuerzos de una nieta de Hernán Cortés por preservar la cultura azteca... y el buen nombre de su abuelo.



Con el mismo entusiasmo que cuando se convocaba a esto:



Lógica pura

Importante representante de la oposición cubana explica:

-Que no se puede contar con los cubanos, especialmente la juventud, para ningún proyecto de democratización del país.
-Que el resto de la disidencia tampoco sirve para nada.
-Que ningún proyecto de la oposición es viable.

-Que en su caso tampoco tiene ningún proyecto
-Que hay que ser optimistas porque el fin de la dictadura está cerca.

miércoles, 7 de junio de 2017

El ángel sin fe

Corría el 1991, año que trajo consigo la desaparición de la Unión Soviética y de los huevos. Pero no todo fueron desapariciones. Ese año fue también el de la aparición de la famosa Agrupación 30 de Febrero. (Famosa al menos en este blog pero ya sabemos que todo es cuestión de referencias). En realidad la fundación del grupo data del año anterior pero en 1991 los fundadores del grupo -Armando Tejuca y Jesús Castillo- se dedicaron, entre otras cosas menos rentables a la ejecución de fotonovelas. Poco éxito tuvieron estas telenovelas aparte de la siempre estimulante censura que recibieron a manos de la jefatura de la Unión de Jóvenes Comunistas de la CUJAE. Pero al menos les quedó el consuelo de servor de antecedente del diapofilm titulado “La leve determinación del ser social” que desapareció poco después a manos de un editor que en medio de la elaboración de la banda sonora se escapó del país y hoy trabaja para la NASA (lamentablemente, sobre todo para el futuro del género diapofílmico y para la NASA, todo esto es rigurosamente cierto). Los dejo entones con el primer capítulo de “El ángel sin fe”.









martes, 6 de junio de 2017

Juan Goytisolo (1931-2017)


Ha muerto Juan Goytisolo, raro ejemplar de esa especie mitológica que es el izquierdista decente:

"Releer hoy las páginas de mi reportaje Pueblo en marcha, publicado primero en el diario Revolución dirigido entonces por Carlos Franqui y luego como libro en París, me retrotrae a la época de mi efímero fervor revolucionario. [...] 'Acento isleño dulce a los oídos, cálida inmediatez con los habaneros con quienes te cruzas en la calle…'. ¿Cómo las vivencias de entonces pudieron ser reemplazadas por la pesadilla que pronto se abatiría sobre mis colegas cubanos: acoso, cárcel, marginación, exilio? Mientras hablaba con el comandante William Gálvez pensaba en Virgilio Piñera, Walterio Carbonell, Calvert Casey, Reinaldo Arenas, Cabrera Infante, toda una generación inicialmente simpatizante con la revolución y que soportaría luego el peso de un sistema que truncó sus destinos y asfixió sus vidas. La realidad cruel de los campos de trabajo de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) a los que fueron a parar decenas de miles de homosexuales, el terror vivido por los intelectuales durante el grotesco e infame proceso a Padilla ¿podían borrarse de un plumazo y con ellos la amargura y frustración de quienes, atraídos por el señuelo de una sociedad más justa, verificábamos que habíamos auspiciado un totalitarismo calcado del de la hoy difunta Unión Soviética?"

lunes, 5 de junio de 2017

God Bless the Child

Y en la lista de las influencias que estimularon la aparición de un fenómeno como Irakere no puede faltar Blood, Sweat and Tears. Especialmente en piezas como esta:

jueves, 1 de junio de 2017

Ilusiones perdidas

A Carmelo Mesa-Lago, posiblemente el estudioso más serio y objetivo de la economía cubana, alguna vez lo ilusionaron las reformas raulistas. Llegó a afirmar en 2012 que "estas reformas son las más extensas y profundas bajo la Revolución, a más de estar bien orientadas" y que se atrevía "a decir, aunque pueda ser criticado por los extremos del espectro ideológico interno y externo, que hay el inicio de un glasnost a la cubana". Pero ahora parece que se le agotó la paciencia:

P. ¿Pero por qué la actividad privada crece tan lentamente?

R. Por todas las trabas que hay. Es como si la mano derecha hiciera una cosa y la mano izquierda hiciera otra. Hay muchas actividades que el Gobierno ha cerrado o rescindido: venta de ropa, salas de cine 3D... ahora han empezado a regular precios en los taxis y la venta de casas, y a dificultar el mercado libre agropecuario. La fiscalidad es brutal. Hay como siete impuestos. El Gobierno castiga al que tiene éxito y puede ayudar al Estado a resolver sus problemas. No es lógico.[...]

P. ¿El equipo en el poder será capaz de hacer alguna vez la transición?

R. Si Raúl Castro, en diez años, no ha impulsado las reformas, dudo que su sucesor pueda tener más éxito. Predomina la lógica política sobre la económica. Y temen perder el control.

martes, 30 de mayo de 2017

Estudios del malestar

¿Qué tienen que ver el urinario de Duchamp y el populismo? ¿El arte del performance y Podemos? Un estudio de la conversión del Estado del Bienestar al Estado del Malestar, del reciclaje como espectáculo de un comunismo que muchos daban por muerto y de hasta dónde han llegado aquellos procesos que Benjamin definía como “estetización de la política” y “politización de la estética”. Eso y más en Estudios del malestar: Políticas de la autenticidad en las sociedades contemporáneas, escrito por uno de los filósofos españoles más importantes de ahora mismo, José Luis Pardo. Muy recomendable.
Aquí habla sobre los intelectuales y el comunismo:

Y acá sobre los intelectuales comprometidos:


lunes, 29 de mayo de 2017

Juan Antonio Alvarado Ramos (1953- 2017)

En persona lo conocí muy brevemente. Apenas el año pasado en los alrededores del evento anual del Latin American Studies Association (LASA) que se celebró en Nueva York. ¡Al fin! Nos dijimos, porque llevábamos años (diez para ser exactos) de intercambio epistolar, de yo enviarle artículos para las dos revistas que fundó: Islas e Identidades. Dos revistas dedicadas a temas afrocubanos. Dos revistas hechas en libertad, que en el caso cubano equivale a decir en el exilio. Porque de ambas se podrían hacer unas cuantas críticas menos que pertenecieran a esa rama de los estudios afrocubanos que no pasan de la etnología pintoresquista y complaciente, el jineteo académico cuando no la abierta y declarada defensa o encubrimiento de la opresión (“a los negros cubanos se les niega el derecho a expresarse pero eso no hace al gobierno cubano racista: son los mismos derechos que les niegan al resto de la población”).

Confieso que fui un colaborador esquivo bajo el argumento, fácilmente demostrable, de mi ignorancia sobre la cultura afrocubana. Esa esquivez puso de relieve dos virtudes de Alvarado, paciencia y tenacidad, tan necesarias para lidiar con informantes reticentes en un estudio de campo. Con el tiempo fui descubriendo otras cualidades como la flexibilidad, la inteligencia y el entusiasmo infinito y contagioso, detalle imprescindible para emprender nuevos proyectos. Fue así como me fue exprimiendo artículos sobre temas en los que me atrevía algo más como la música, el cine o sobre esa variante de discriminación que di en llamar “racismo revolucionario”. En abril, sin que me lo pidiera le anuncié que quería colaborar en el próximo número que ya no sé si saldrá. Me imagino que se sorprendió pero la escritura del texto –o la más difícil tarea de encontrar tiempo para hacerlo- se demoró más de lo que esperaba. Pero mis demoras no conseguían agotarle la paciencia Alvarado y mis pedidos de prórrogas fueron concedidos varias veces. Hasta a finales de abril en que estando él en un nuevo congreso del LASA, esta vez en Lima, me repondió: “yO REGRESO EL 6 DE MAYO DE LIMA. Crees que sería posible para el 7 de mayo???”. Le dije que sí pero no fue hasta el día 9 que conseguí enviarle el trabajo. Esta vez, sin embargo no me contestó de inmediato como otras veces para darme su opinión sobre el artículo. No supe más de él hasta el pasado domingo en que leí la noticia de su muerte el viernes anterior.   

Siento, como sentí a la muerte de Jesús Díaz, escritor de renombre pero también editor de la revista Encuentro de la cultura cubana que los editores de revista hacen sentir su ausencia de una manera especialmente dolorosa. No se trata simplemente de que ya no podamos contar con su presencia, su talento. Hay en esa voluntad de aunar otras voluntades dispares y díscolas un modo de romper nuestro habitual ensimismamiento y encausarnos en una aventura colectiva que de no ser por ellos nunca hubiéramos emprendido ya sea como escritores o como lectores. Aventuras que luego nos parecen lógicas y naturales pero habrían sido imposibles sin la voluntad que la mantenía con vida semana a semana, mes tras mes, un año tras otro. Y esa voluntad en el caso primero de Islas y luego de Identidades no llevaba otro nombre que el de Juan Antonio Alvarado Ramos.
A orillas del East River, Williamsburg, Brooklyn con Juan Antonio Alvarado y Manuel Cuesta Morúa